Un amuleto para la grandeza

4:19 a.m.

Praga Salón Medellín, fotografía: Paola Rodriguez

A la derecha los perfumes, a la izquierda el rubor y las sombras. Me gusta contemplar el tocador como un guerrero que acaricia su armadura, porque siento que maquillarse es un acto profundo y meticuloso. Nadie me saca de la cabeza que los diez minutos que me toma, son la parte más importante de mi día: el labial acentuará mis palabras, el lápiz de ceja dibujará mi carácter y el rubor me llenará de vida. Maquillarse es mucho más que pintarse la cara, es, como ya lo he dicho, un ritual de dignidad y fuerza, un conjuro contra la inseguridad y sobretodo, un amuleto para la grandeza. Es cierto que la feminidad no se resume a una cosmetiquera que te acompaña como un apéndice, también es cierto que el valor de una mujer no radica en su belleza; pero pese a estas certezas, considero que un rostro maquillado refleja mucho más que vanidad...


Praga Salón Medellín. Ph: Paola Rodriguez

No tengo nada contra ellas, pero hay mujeres que consideran que maquillarse es un hábito de barbies (casi todas feministas impenitentes y por demás extrañas), una cadena del machismo o dios sabrá con que otras formas nombran su pereza y su apatía. Esa idea de verse desaliñada para acentuar una supuesta sagacidad y lucidez mental, está más revaluada que Freud. Odio cuando estereotipan a una mujer arreglada y la sospechan opaca y bruta. Créanme que esos diez minutos no entorpecen las horas de lectura, y que también podemos pensar mientras se seca el esmalte. La diferencia entre una mujer inteligente y una mema, está en el cerebro, no en lo que lleve en el rostro.


Praga Salón. Ph: Paola Rodriguez

Quiero que pensemos un momento en el maquillaje como mantra, que lo hagamos con tiempo y a conciencia. Pintar un rostro debe ser descubrir la mujer que queremos ser, y no tirar unas líneas desesperadas y con afán (porque así vamos a quedar jajaja, desesperadas y cansadas). Ya lo decía Fernando VII a su paje “Vestidme despacio que tengo prisa”, y cuatro siglos después invoco nuevamente las palabras de “El Deseado” para imprimirle fuerza a mis mañanas. Conságrense frente al espejo, como el sol que despierta la primavera, regálense esos diez o quince minutos, y concédanle al mundo la mejor versión de sí mismas.


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